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San José, 2021

Contra la Forma. Un diálogo entre A Sun y Floria Pinto

Contra la forma es un diálogo entre dos artistas: Floria Pinto, escultura, pintora y grabadora cuya obra se extiende aproximadamente desde 1960 hasta el 2000, y Adriana Ramírez, artista contemporánea cuya práctica utiliza como medio principal el video. La unión de ambas propone una nueva forma de enfrentarnos a la historia desde una mirada actual. A través de ella, la serie de esculturas en madera expuesta se ve transformada, sublevando el significado de los cuerpos —el lenguaje que históricamente los ha nombrado— con el fin de  imaginar posibles futuros en donde estos no se vean limitados a una única definición, gesto lírico que se extiende más allá de la materia.

Así, la muestra anticipa la mirada del observador que proyecta con ella la realidad de su contexto, estableciendo de antemano la premisa de la forma como algo cambiante y multiple, que no puede ser definido o limitado.

Al entrar en este diálogo, la distancia temporal que separa la obra de ambas artistas se ve reducida a un único espacio (la sala de exposición) en el cual el tiempo deja de operar siguiendo las leyes que naturalmente lo rigen para situarnos en un punto suspendido en la historia —uno que hace posible identificar la persistencia de una serie de temáticas que devienen la propia experiencia femenina, hilo conductor de esta muestra. 

Producidas durante los años sesenta, las esculturas realizadas por Pinto son la consecuencia de un lenguaje considerado “propio” de las vanguardias europeas del siglo pasado, una suerte de primitivismo que se adhiere a una imagen construida desde una mirada masculina: la mujer como natura.

Frente a esta forma construida a priori, la artista sitúa su atención en la materia como vía principal para expresar su interioridad. El tratamiento del material, la manera en la que ha decidido mantener el trazo de la gubia, se convierte entonces en signo comunicador del esfuerzo físico que requirió producir dichas piezas, abriendo nuestra percepción a un elemento táctil; la mano que produjo cada uno de esos cuerpos, reconociendo en ellos una serie de experiencias que están presentes aún en su superficie, recuerdo de ese contacto.

Recuperando ese elemento performático inscrito en la obra de arte, las imágenes realizadas por Ramirez se convierten en su continuación, un gesto que modifica la materia dejándola intacta. 

La experimentación llevada a cabo por la artista en fílmico nos habla de un mismo interés por modificar el material, alterarlo más allá de su proceso técnico, para apropiarse de él de una manera más íntima y cercana al cuerpo. A partir de esta intervención, la imagen se convierte en algo abstracto e irregular —infantil, incluso— dejando de lado las representaciones figurativas con el fin de recuperar un lenguaje más puro e intuitivo y expresar con él una serie de conceptos que conectan con otras sensibilidades.

Esta imagen en movimiento trasciende las concepciones habituales sobre lo que debería de ser el medio (sobre lo que debería de ser la imagen) y aboga por las posibilidad expresiva de la mancha. Esta mancha en movimiento adquiere cualidades sinestéticas que introducen la idea de ritmo y de música en el espacio. Por otro lado, el movimiento en contacto con las formas talladas produce un juego en el que estas se ven ‘activadas’, saliéndose de sus confines y tornándose múltiples.

Es entonces que se produce un giro iconográfico: el cuerpo, representado a lo largo de la historia desde un ojo ‘central’ o ‘externo’, en palabras de Andrea Giunta, ahora es visto desde un ojo ‘interno’. Este cambio en la percepción produce nuevas imágenes, remapeando el cuerpo y proporcionando una gran cantidad de conocimientos nuevos sobre el mismo. Bajo esta mirada el cuerpo se presenta como algo fluido, en constante movimiento, diverso y por tanto incapaz de reducirse a una única definición-representación.

El flujo (no solo de cuerpos, sino de  experiencias y de ideas) busca resaltar una sensibilidad más democrática, enfocada en la experiencia particular, habilitando la posibilidad de identificarse con esas mismas emociones indistintamente del género al que se pertenezca.

Así los cuerpos dejan de verse restringidos únicamente a su forma y, como un líquido, se derraman para ocupar el espacio circundante, conquistando cada rincón de la sala con esa sustancia y librándose al fin de la carga que ha sido habitar un espacio tan reducido. En ella se concentran emociones y experiencias diversas, por eso la necesidad de un medio que refleje su carácter intangible: barro virtual, maleable y deforme.

La interacción que toma lugar, no solo entre las obras sino entre estas y el observador, genera una tensión que se ve a su vez reflejada en el uso de lenguajes aparentemente opuestos entre sí; por un lado la rigidez de la madera y, por otro, el carácter ligero de la imagen proyectada. El  ambiente que se genera, consecuencia de estas fuerzas enfrentadas, tiene un efecto físico en la persona que observa, como si ese contacto fuera el mismo que siente cuando la luz toca su piel, aunque de forma indirecta, tensándola unos segundos antes de tornarla blanda.

Es así que el observador adquiere un papel esencial en la activación de la obra de arte, ya que a través de su cuerpo se produce su continua actualización. El video se convierte entonces en extensión de éste, metáfora de continuación entre pasado y presente y el alcance de los imaginarios del futuro y sus múltiples realidades cambiantes, visibles o invisibles, para la experiencia individual.
 
 



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