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María



Si pudiera hacer del mar entero una imagen como esta (si pudiera guardarlo en la maleta o en la cartera o en la mano) prometería traértelo todo, sin dejar nada de lado: los castillos de arena que aprendimos a hacer como Gaudí; las conchas y los palos que al caminar guardamos; los granizados y las melcochas de Muma; los paseos en panga y  el palo de bejucos; los cangrejos, los baldes, la manguera; los paseos en bici y el sonido de la selva.

Me gustaría poder empacarlo, como quién empaca un abrigo y sabe que no existe un centimetro de ese espacio que no este rebosando en esa sustancia. Sería algo imposible, ya sé; el liquido rebosaría su interior, se derramaría por sus aperturas hasta quedar todo en el suelo creando un charco de agua de sal.

Si, por otro lado, fuera el mar el recipiente, la maleta que contiene no ropa sino mil historias, los quien-sabe-cuantos recuerdos, sería imposible  imaginarse una forma tan amplia, tan vasta. Es pensar en mami asoleandose, por ahí del medio día, ignorando todas las advertencias que desde los noventa le han recomendado lo contrario; es papi sentado encima de la hielera, viendo al mar fijamente, cómo si quisiera hacerle una pregunta pero sin saber con qué palabras; es geri metido en el mar hablando solo, riéndose y saliendo para contarnos lo que se contó a sí mismo hace uno segundos; es el libro que leías, tu sonrisa blanca y grande, las pequitas en los ojos y el arete del ombligo, ardiendo seguro, por el calor insoportable.

En esa imagen, extraña e imperfecta, veo retratada una parte de mi corazón, la parte más blanda y suave; la parte liquida, la que se derrama en mi pecho hasta llenar mi cuerpo, saliendo por mis poros hasta quedar afuera para crear un mar tan grande, tan contenido, como el que hoy te presento.