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Madrid, 2020

Verdades Parciales.
Del archivo familiar a la construcción de la figura de la artista



La historia de mi abuela, Floria Pinto (18 de setiembre de 1923 - 1 de enero 2012), jamás será conocida. Lo que conservamos hoy son tan solo fragmentos, las ruinas de lo que alguna vez fue o quiso ser. Una serie de artículos y menciones, catálogos de exposiciones y textos componen un archivo en el que he estado trabajando, y del que hablaré más adelante, con la intención de acercarme —aunque de manera ilusoria— a la verdad.

No obstante, al enfrentarme a él, a su materialidad, lo que encuentro es una versión de ella fragmentada y a trozos. Frente a esta imagen, los recuerdos que conservo de mi abuela me hacen pensar en la persona que conocí; una mujer fuerte y delicada, divertida pero también malhumorada, dulce y fría a la vez. Confundida, me pregunto: ¿Será que no la conocí?

Conforme me fui adentrando en mi búsqueda, me di cuenta de que la figura que estaba intentando reconstruir (o, mejor dicho, deconstruir) era precisamente todas esas cosas; una persona llena de contradicciones. La que había conocido era tan solo una de las muchas versiones que existían de ella.

Luego de entrevistar a varios miembros de mi familia, sin embargo, me pareció extraño que la imagen que ellos querían transmitir se conformara siempre de las mismas anécdotas, recuerdos que parecían dejar de lado lo menos decoroso (de la misma forma que una fotografía familiar solo muestra los momentos álgidos) para finalmente dar lugar a una figura idealizada.

Al escuchar sus testimonios debo admitir que más de una vez me sentí tentada a creerlos, a deleitarme en el recuerdo y en la alegría de regresar a esos rincones alejados de la memoria, sin embargo lo borroso de la imagen motivó mi regreso al presente, en donde, sentada no muy lejos de ellos, logré mantener mi distancia. Y es que, el proceso de recordar, también acto colectivo, termina por dar lugar a una escenificación de la realidad, cada miembro adoptando un papel en la construcción y conservación de esa idea de realidad.

En el momento que decido quebrar con el relato familiar me veo atrapada en una encrucijada de caminos: por un lado, el camino del archivo y el documento, fieles a conservar los hechos del pasado y por otro, el de la memoria, el sueño y la fantasía. Sin embargo, eso que se ha logrado conservar presenta un poco de ambos, habitando un espacio intermedio en donde la verdad y la invención son prácticamente indistinguibles. La unión es, por lo tanto, inevitable, y por esa razón hay que señalar eso que los distingue y les da valor: uno proporciona los hechos, el otro el significado; uno olvida, el otro recuerda (Nora, 2017).

Es así como el efecto que la invención produce en la realidad puede convertirse en algo aún más real que la verdad misma, ya que es a través de las construcciones de nuestra memoria —las historias que nos contamos— que logramos relacionarnos con el mundo (White, 1980: 27). ¿A dónde estaría mi abuela, me pregunto, de no ser por esas anécdotas que varían año tras año pero que nadie contradice, no obstante, interesados menos por la verdad y más en el sentimiento?

Junto a estas entrevistas fui recopilando diversos materiales, muchos de los cuales llegaron a mí gracias a la repetida ayuda de amigos y conocidos. Otra parte procedía de una pequeña carpeta a la que accedí gracias a mi tía, Graciela. Esta colección había sido un intento por parte de mi abuelo de conservar y de dar cierto orden a los acontecimientos y escritos relacionados con la producción artística de su esposa, quien nunca se preocupó (o por lo menos nunca mostró interés en) documentar su presente, o conservarlo siquiera.

Mientras ella se enfocaba en su tarea de producir, una búsqueda incesante que sirvió como impulso hacia el futuro de lo “nuevo” —una actitud fuertemente marcada por la experimentación— las temáticas que abordaba, irónicamente, hacían redirigir su mirada hacia su pasado más lejano, dejando en el presente prácticamente un vacío. Consecuencia de ello, fue mi abuelo Ramón quién tomó la iniciativa de guardar estos documentos, una forma de rellenar ese tiempo que había quedado al margen.

Este mirar hacia atrás no es del todo un acto de recordar, sino más bien de soñar el pasado —de transformarlo en algo más. Es así como, a sus 80 años en el 2003, publicó un libro titulado Remembranzas, un compendio de cuentos que mezclan una serie de hechos autobiográficos con la ficción.

Ese pasado distante, idealizado ahora, toma forma al recordar acontecimientos de su infancia, época que constituye la mayor parte de su libro. Aparecen, de repente, entremezcladas con la memoria, la leyenda y la fantasía, quebrando con el relato autobiográfico para abrir el espacio a la imaginación. Al leer estos cuentos, como en un acto paralelo, de repente me vi transportada a mi propia infancia: estos eran los cuentos que ella me contaba a la hora de dormir.

El hecho de que encontrara mucha de su inspiración en el pasado no quiere decir que no participara de su presente. De hecho, gran parte de su producción se enfoca en documentar aspectos de la realidad y por esta razón pensar su obra tan solo como un reflejo de su vida sería una enorme simplificación. La repetición de una serie de temas permite reflexionar al respecto. Por ejemplo, mientras que algunos de sus paisajes se construyen a través de momentos capturados, utilizando la fotografía como referente, otros ensayan la realidad social del país a través de una mirada más realista.

Similarmente, existen numerosos retratos de niños, muchos de ellos campesinos, que pueden servir para elaborar un comentario en torno a la pobreza y la división entre clases sociales pero que a la vez son representativos del momento de infancia al que ella quiere aludir. De este modo, se representa y representa a otros en un conflicto continuo entre presente y pasado, yo y otro, ver y ser vista.

Asimismo, encontramos alusiones a maternidades, retratos de mujeres y escenas interiores, temas que nos hablan de una experiencia particular —la experiencia femenina— que conecta, por un lado, con la historia de un colectivo y, por otro, con el deseo individual de contarla a través de un lenguaje propio. En esta búsqueda por nuevos modos de hablar, el modelo se convierte en su alter ego, el objeto hace de ella un objeto (articulando en el emociones complejas) y el paisaje la ventana a través de la cual mira el mundo.

Paralelamente, los autorretratos que produce a través del tiempo nos sirven para reconocer cómo va transformando su imagen, parte de un mismo proyecto autobiográfico mediante el cual busca narrarse, introduciendo en el proceso la mirada del otro. Al mirarse en ellos pone en manifiesto su intención de construirse en ellos, en palabras de Estrella de Diego, “de ser ellos y no ser nadie a la vez” (De Diego, 2011: 20), escenificación o performance a partir del cual se busca a sí misma.

Pero, ¿cómo distinguir entre lo que es real  y lo que no? Desde los años sesenta, con el Posestructuralismo, pensadores como Jacques Derrida, Michel Foucault o Roland Barthes pusieron en duda el concepto de realidad, algo que anteriormente había sido considerado incuestionable, llegando a la convicción de que, lo que aparece como “real” en la historia adquiere ese estatus a partir de un conjunto restrictivo y expresivo de códigos y convenciones sociales (Clifford, 1986: 10).

Esto quiere decir que incluso la más simple versión de los hechos representa una creación intencional, una invención en gran medida moldeada por el contexto histórico en el que se origina y, al mismo tiempo, por la propia subjetividad de aquel que investiga, afrontando su tarea desde el único lugar que conoce, una suerte de espejo en el que el investigador se convierte también en investigado.  Seguir leyendo...





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